30. sep., 2019

CANIDIA

         Mi nombre es Canidia y si bien, hace ya bastante tiempo que dejé de creer en las casualidades, este nombre es el mismo que el de la bruja que aparece en una de las sátiras del poeta romano Horacio. Soy aficionada a la magia y, aunque no me considero bruja, estoy convencida de que a través de ella, puedo ejercer algún influjo sobre los demás.

        Sé perfectamente que las verdades de la ciencia se basan en percepciones sensoriales. Sin embargo, en ocasiones, estas verdades pueden ser engañosas o modificadas por nuevos descubrimientos. La magia en cambio, actúa bajo una capa impenetrable de misteriosos símbolos ocultos y ceremonias secretas que sólo los iniciados conocemos y poseemos.

        La magia que practico está vinculada a la Madre Tierra y asociada a la Diosa Afrodita, a la luna y a otros espíritus de la naturaleza. Es inofensiva y nunca se me ocurriría ejercerla para hacer daño. Mis rituales los utilizo para alejar malos espíritus o para deshacer algún maleficio o mal de ojo, también para alguna persona que crea estar poseída por el demonio o para alguien que desee recuperar a la persona amada. En mis invocaciones, además de mis amuletos y talismanes, nunca faltan las manzanas. Sabido es, por todos los que practicamos el esoterismo y la magia blanca, que la manzana es un atributo de Venus y el símbolo femenino por excelencia, pues partida en dos partes verticalmente iguales, se advierte una cierta semejanza con el sistema genital femenino, y cortada   de modo horizontal, aparece una estrella perfecta de cinco puntas, o sea, el pentáculo clave de la Ciencia Superior que abre el secreto del conocimiento del bien y del mal

          Mis trabajos de magia consisten en Ceremoniales Mágicos producto de mi imaginación ,que sigo escrupulosamente cada vez que los practico, porque estoy convencida de que la realización mágica es un premio a la fuerza y a la constancia. En ellos, trato de imprimir sobre un talismán, los efectos del Sacramentus Voluntatis, pues creo que los sacramentos producen la gracia por ellos mismos, no por quien los administra, siempre que quien los reciba no ponga ningún obstáculo en recibirlos.

         Horacio, mi marido –otra de las “casualidades de la vida” dirían los escépticos- nunca creyó en esta pequeña capacidad mía, pero me era indiferente que creyera o no. Yo sé que la tengo y sus comentarios jocosos y, a veces satíricos, nunca me molestaron.

         Una de las manías de Horacio, como si de un maleficio se tratara, es la de estrenar calcetines cada día; nunca vuelve a ponerse un par de ellos ni que estén lavados con Ariel. Una vez utilizados la desecha tirándolos a la basura, y todos los sábados por la tarde se va a “El Corte Inglés” a comprarse calcetines nuevos. Siete pares cada vez.

         No tengo por costumbre jurar, porque sólo quien acostumbra a mentir tiene necesidad de hacerlo para que le crean, pero hoy juro por Heka, el Dios egipcio de la magia, que estas acciones que aquí comento, no estuvieron motivadas por ninguna sospecha ni desconfianza hacia Horacio. Siempre me he regido por el principio de que “nadie pertenece a nadie” y no concibo una relación de pareja en la que no exista libertad por ambas partes. Como dice Fritz Perls, Nadie en este mundo está para llenar las expectativas de otra persona.  Así que nunca me preocupé de comprobar si Horacio me mentía o me engañaba con otra mujer, y ni siquiera llegué a preocuparme por sus tardanzas cuando se iba a comprar al “Corte Inglés” los susodichos calcetines. Si alguna vez descubría algún engaño o infidelidad, ya vería cómo reaccionaría.

         Ocurrió hace dos días exactamente. Cansada  del despilfarro que suponía tirar a la basura siete pares de calcetines cada semana, decidí utilizar mis poderes mágicos para poner remedio a tal derroche. Fue cerca de la media noche. Mientras Horacio se quedaba en el salón viendo una de esas insoportables películas de policías y ladrones, sabiendo que, por ignorar lo que iba a hacer no opondría ningún obstáculo, me encerré en mi pequeño santuario llevando los últimos pares comprados.  Segura de que surtiría el efecto deseado, después de cortar mi manzana en dos mitades iguales en sentido vertical, los sometí a uno de mis rituales con la esperanza de que, en esta ocasión, se “encariñara” con ellos y no los desechara.

          Cuando ayer lunes se puso el primer par, observé que el del pie izquierdo tenía, a la altura de la caña, un pequeño agujero apenas perceptible, tal vez producido por ese plástico que los fabricantes suelen poner para sujetar la etiqueta. De regreso a casa, me dio el acostumbrado beso en la mejilla y se dirigió a la habitación para cambiarse de ropa y ponerse cómodo. No sabría decir qué me impulsó a seguirle,  pero lo hice. Mientras se cambiaba vi que el calcetín agujereado estaba ahora en el pie derecho. Algo intrigada le pregunté si había tenido algún percance y, con un ligero nerviosismo, me respondió que no.

         No dije nada, pero mi ritual, aunque no en el sentido que yo esperaba, había surtido efecto. Esta mañana se ha marchado al trabajo con su par de calcetines nuevos.  Cuando regrese encontrará una nota mía en la que leerá;

          Te dejo; tú ya sabes por qué

         Canidia.

FIN

 

16. may., 2019

Este cuento navideño (considero que lo es)

está basado en hechos reales.   

     Me encontró en la sala de espera del aeropuerto mientras leía un libro para matar el tiempo. Se sentó a mi lado, interrumpió mi lectura con el típico saludo de cortesía y me preguntó:

     —Buenas tardes, por casualidad ¿viaja usted a Dubái?

     Le miré sorprendido y se presentó.

    —Soy el señor Enrique Marín, en la agencia me dijeron que un señor de mediana edad también había reservado un pasaje para hacer un crucero por el Océano Índico para estas mismas fechas y al verle en esta zona pensé que muy bien podía ser usted, señor…

     Sentí antipatía por el desde ese momento, no sintonizo con las personas que se presentan poniéndose el “señor” por delante, si bien, no quise parecer grosero y respondí sin demasiado entusiasmo.

     —Fernández, Aníbal Fernández y efectivamente, viajo a Dubái para embarcar en un crucero por el Océano Índico.

         —Feliz coincidencia señor Fernández, también yo voy a Dubái para embarcar en ese crucero y pasar en el las navidades. Si nuestros asientos no coinciden en el avión hablaré con la azafata por si lo pudiera arreglar, siempre es un placer tener alguien con quien conversar, el vuelo se hace más ameno y no hay nada mejor para matar el tedio que una buena conversación, ¿no le parece?

         —Sí, claro —respondí pensando que con ese “¿no le parce?”, me estaba manipulando para que le diera la razón.

        —Y ¿es la primera vez que va a usted a hacer un crucero? —me preguntó

     Ignoro cómo pudo adivinarlo, pero su pregunta me causó una cierta perplejidad porque, dando por sentado que era sí, continuó hablando de las bondades de los cruceros y del buen ambiente reinante entre los pasajeros, sobre todo en el día de Navidad, y de la gran fiesta que organiza la compañía con regalos para todos los pasajeros. Luego me habló del exquisito trato del personal de abordo y del capitán, de las interesantes amistades que suelen hacerse, de la excelencia de la comida del bufé, etc.

      Llegó la hora del embarque y comprobé, con cierto alivio, que nuestros asientos no coincidían y que, además, el avión estaba completo. Suspiré; de momento el azar me concedía una tregua que aprovecharía para seguir leyendo mi libro, sin embargo, pronto supe que no me sería nada fácil desembarazarme de el porque los recursos del señor Marín eran insospechados.

      Nada más despegar habló con una de las azafatas y consiguió sentarse a mi lado a cambió de ofrecer su asiento de ventanilla al pasajero contiguo al mío.

     Una vez estuvo aposentado, volvió a entablar la conversación, primero para elogiar la amabilidad del pasajero que había accedido al cambio, luego empezó a hacer gala de sus conocimientos sobre las ciudades que íbamos a visitar durante el crucero. Al parecer no era la primera vez que llevaba a cabo ese crucero por el Océano Índico.  Se sabía de memoria, los horarios de llegada a los distintos puertos, los monumentos que visitaríamos en las excursiones programadas, los mejores restaurantes donde se podría degustar los platos típicos de cada ciudad, etc. En fin, el señor Marín parecía saberlo todo y entender de todo, su locuacidad era tal, que empecé a lamentar, para mis adentros, la inoportunidad de que el “señor” Marín me hubiera encontrado.

      Finalmente, después de un refrigerio que nos ofrecieron para reponer fuerzas, con la excusa de haber madrugado, le expresé mi deseo de descansar un rato intentando dormir. Como no podía ser menos, se mostró comprensivo, me pidió disculpas por si con su charla me había molestado y le respondí que en absoluto, incliné mi asiento y cerré los ojos con la esperanza de quedarme dormido y no despertar hasta que el comandante anunciara la proximidad del aterrizaje.

      Una vez hubimos desembarcado el señor Marín tomó la iniciativa. Tomamos un taxi que nos llevó directos al muelle donde esperaba el barco, momento que aprovechó para informarme de los pormenores del embarque, entonces se le ocurrió preguntarme por el número de camarote asignado y todas las alarmas se encendieron en mi interior puesto que mi economía no me permitiía ocupar un camarote individual.  Comprobadas las reservas, ambos teníamos asignado el mismo camarote. Desolado, mi primer pensamiento fue renunciar a mi crucero soñado. Daría a Marín   alguna excusa plausible y tomaría un avión de vuelta a Barcelona. Pero consideré que sería algo totalmente irracional, así que deseché la idea y me resigné a soportar lo que me deparara el destino.

       Tres días después de comenzar el crucero Marín conocía a todo el mundo abordo. Organizaba bailes, dirigía excursiones en tierra, estaba en todas partes. Ciertamente era el hombre más odiado del barco, le llamábamos “don Sabiondo” aun en su propia cara y el lo tomaba como un cumplido.

     Marín hubiera llevado la voz cantante en la mesa, de no haber sido por Elmer Luque, tan dogmático como él y que no podía aguantar su engreimiento. Sus discusiones eran mordaces e interminables.

     Elmer pertenecía al cuerpo consular español, estaba destinado en Nueva York y disfrutaba de sus vacaciones navideñas junto con su esposa Maika, una joven muy bella, de modales agradables y gran sentido del humor. 

       Era el día de Navidad, en la mesa la conversación derivó casualmente, hacia las piedras preciosas. En los periódicos se había escrito mucho sobre los rubíes sintéticos que vendían en el Japón y alguien afirmó que estos, harían disminuir el valor de los auténticos. Marín, como de costumbre, nos contó todo lo que se podía saber sobre el tema. No creo que Elmer Luque supiera nada de rubíes, pero no pudo resistir la tentación de desafiar a Marín.

     —Estoy obligado a conocer el tema —dijo Marín—. Después de vacaciones debo ir al Japón precisamente a ese asunto. Es mi negocio y lo que yo no sepa de gemología no vale la pena saberse. Nunca podrán conseguir un rubí sintético que un experto cómo yo no pueda descubrir a ojos cerrados —señaló el anillo que lucía Maika—. Puedes estar segura de que tu sortija no valdrá nunca ni un euro menos que ahora.

      Maika se sonrojó un poco y deslizó su mano por debajo de la mesa. Elmer se inclinó hacia adelante, nos observó y una sonrisa aleteó en sus ojos.

      —Yo no compré personalmente la sortija que lleva Maika, pero me interesa saber cuánto crees que costó —dijo dirigiéndose a Marín.

     —Pues, en cualquier joyería podría costar cerca de quinientos euros —dijo Marín.

     –—Te sorprenderá saber que Maika lo compró en “El Corte Inglés” por veinticinco euros.

     —¡Qué tontería! Ese rubí no solamente es auténtico, sino también uno de los más puros que he visto de ese tamaño.

     —Te apuesto cien euros a que es una imitación

     —Acepto —respondió Marín sin inmutarse.

—Elmer, no puedes apostar sobre lo que sabes que es cierto —dijo Maika en tono de suave disculpa.

     Sólo es una apuesta sin importancia Maika —replicó Elmer.

    —Déjame examinar la sortija y si es una imitación, te lo diré inmediatamente. Puedo permitirme el lujo de perder cien euros —dijo Marín.

     —Quítatela Maika, deja que Marín la mire tanto como quiera.

    Maika titubeó un momento. Luego se llevó la mano derecha a la sortija y forcejó en un intento de quitársela.

     —No puedo sacarla —advirtió—, Marín tendrá que aceptar mi palabra.

     Tuve la súbita sospecha de que estaba a punto de ocurrir algo desagradable, pero no supe qué decir. Elmer se levantó de un salto diciendo:

     —Yo la sacaré.

     Tomó unas gotas de parafina de unas de las velas que adornaban la mesa y las extendió sobre el dedo de Maika, sacó la sortija y se la dio a Marín. Este sacó una pequeña lente del bolsillo y la examinó cuidadosamente. Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro. Devolvió la sortija a Maika y abrió la boca como para decir algo. Súbitamente captó la expresión de Maika. Ella le miraba con los ojos completamente abiertos y aterrorizados. Había en ellos una súplica desesperada. Todo resultaba tan claro que me asombró que Elmer no se percatara.

     Marín se quedó con la palabra en los labios y enrojeció. Casi se podía ver el esfuerzo que estaba haciendo.

     —Estaba equivocado —balbució—. Es una buena imitación, pero tan pronto como miré ese rubí con la lente vi que no es auténtico.

      Sacó un billete de cien euros y se lo entregó a Elmer.

     —Tal vez esto te enseñará a no estar tan insufriblemente seguro, amigo Marín —dijo mordaz Elmer cogiendo el billete.

      La historia corrió por todo el barco como siempre ocurre con estas cosas y Marín tuvo que aguantar muchas bromas aquella Navidad. Era divertido que “don Sabiondo” hubiera sido “pescado” de aquella manera.

  A la mañana siguiente Marín permanecía acostado en actitud pensativa. Súbitamente sonó algo así como un roce y vi deslizarse un sobre por debajo de la puerta. Iba dirigido a Marín.

      Del sobre sacó un billete de cien euros acompañado de una nota que leyó para sí. Me miró y enrojeció.

      —A nadie le gusta que le hagan pasar por tonto —dijo.

      —¿Era auténtico el rubí? —pregunté.

      —Si tuviera una esposa joven y guapa no la dejaría pasar un año sola en Madrid mientras yo estuviera en Nueva York —contestó tendiéndome la nota.

      Gracias por su tacto señor Marín, su discreción ha sido el mejor regalo de Navidad que me hayan hecho nunca.

     Reciba mi gratitud y mi afecto;

    Maika.

     En ese momento el “señor” Marín dejó de desagradarme y mi gran regalo navideño fue aprender a no valorar a las personas por su forma, sino por su fondo.

Cinto

11. abr., 2019

EL COMPLEJO DE CASTRACIÓN

     Debo confesar que hasta hace tan solo unas pocas semanas el pudor me hubiera impedido explicar esto que hoy me atrevo, pero después de los acontecimientos vividos, tanto mi sentido de la vergüenza como mi recato, han desaparecido por completo.

      Mi mujer y yo llevamos varios meses casados y, si bien nuestra relación de pareja es buena, el problema, o mejor yo diría nuestro problema, residía en mi respuesta sexual. Aunque no soy impotente, mis erecciones solían ser débiles y poco consistentes e incluso en ocasiones, nulas, lo que dificultaba que nuestras relaciones amorosas no fuesen todo lo satisfactorias que hubiéramos deseado.

     Esa dificultad ya se manifestó en nuestras relaciones prematrimoniales, sin embargo. ambos confiábamos en que, una vez casados, disfrutando de la intimidad de nuestra alcoba, superaríamos ese contratiempo.  Pero desgraciadamente, no fue así. 

    Al principio intentamos no alarmarnos y razonábamos que quizás era consecuencia de los nervios pasados durante los preparativos de la boda o tal vez una falta de práctica, pero teníamos el convencimiento de que, con el paso de los días, lo superaríamos. Sin embargo, pasaban las semanas y mi déficit erectivo continuaba presente una y otra vez e incluso llegamos a pensar que no nos quedaba más remedio que acostumbrarnos a vivir con ese, llamémosle, inconveniente.

      Sin embargo, en mi fuero interno me revelaba a tener que asumir lo que para mí constituía una seria limitación y mi mente le daba vueltas y vueltas sin parar. Angustiado confié mi problema a un amigo, al que, dicho sea de paso, no le guardo rencor, aunque a veces pienso que quiso vengarse de mí por algo que ignoro, que me recomendó un psicoanalista el cual, según él, me solucionaría el problema.

     Admito que cuando acudí a la cita, todavía influenciado por el más puro de los arcaicos conceptos socioculturales sobre “el macho ibérico”, al pulsar el timbre mi mano temblaba como si tuviera párkinson. El hombre que me recibió, que era todo un espectáculo por su estrafalario atuendo, se ocultaba detrás de una barba tan amarillenta y lacia como su pelo, el cual comenzaba a escasear.  Vestía una camisa a rayas azul claro, cubierta por un pulóver a rombos amarillos y verdes. De los pantalones ¿qué decir? yo creo que pedían clemencia y con eso está dicho todo.  Con una amplia sonrisa me dijo que me estaba esperando, y me fue imposible no ver una hilera de dientes en denodada competencia con el amarillo de su pelo y barba.

     Pasamos a un despacho de luz mortecina y paredes pretendidamente blancas, de las que colgaban algunos diplomas. El mobiliario se componía de una estantería ocupada por algunos libros, los cuales supuse, disfrutaban ya de un placentero y eterno descanso; un escritorio de formica de los años sesenta, con algunos folios sobre el y  un cenicero con una pipa apagada, la culpable deduje, del desagradable «tufillo» que, doy por seguro, ofendería a cualquier nariz por muy acostumbrada que estuviera a soportar semejante miasma,  sendos sillones negros  tipo director colocados frente al escritorio, remataban el “elegante” conjunto.

        A su pregunta de “Dígame en qué puedo ayudarle”, lleno de vergüenza le expuse el motivo de mi visita. Me preguntó cómo habían sido mis primeras relaciones sexuales con la que hoy es mi esposa y, no sin cierto pudor, tuve que contárselo.

    Una vez puesto al corriente de lo que, supuestamente necesitaba saber, se quedó en silencio durante unos segundos que aprovechó para prender su pipa, inundó el espacio con varias bocanadas de humo y finamente anunció;

     —Señor Inocencio, vamos a realizar un test que nos ayudará a averiguar cuál es la causa que subyace en su deficiente erección.

      A continuación me presentó una serie de láminas con ciertos dibujos y manchas que debía de intrpretar. Una vez finalizada la prueba, con mucha solemnidad expuso;

     —Señor Inocencio, padece usted de una neurosis llamada “complejo de castración”.

       Ante mi perplejidad al no comprender exactamente qué era lo que significaba aquello, el hombre continuó diciendo;

    —En su fantasía inconsciente, su esposa ocupa la figura simbólica de su madre de la que usted teme ser castrado por desearla. Por hoy es suficiente, lo dejamos aquí, son cien euros, vuelva la semana que viene y empezaremos una terapia.

     Ni qué decir tiene que salí de la consulta tan angustiado o más que cuando llegué. Aparte de no entender nada, me sentí tan frustrado por la parquedad del psicoanalista que las dudas de si volvería o no, empezaron a asaltarme.

      Al llegar a casa mi esposa, con la fregona en la mano, me preguntó.

     —¿Qué tal con el psicólogo?

    —No es un psicólogo —me apresuré a aclararle—, es un psicoanalista.

     —Y ¿Cuál es la diferencia? —inquirió distraída—. Oye acabo de fregar ese rincón, mira de no pisar por ahí

     —No lo sé con exactitud —respondí humildemente.

    —Bueno, sea lo que sea ¿Qué te ha dicho?

     —Que soy un neurótico con “complejo de castración”.

    —¿Puedes explicarte mejor? —inquirió dejando la fregona y dirigiéndose a la cocina.

    —Es que es un poco difícil de explicar. Verás, es como que yo creo que me quieres castrar porque te deseo porque eres como si fueras mi madre…

     —¿No estarás buscando pelea? —preguntó recelosa— ¿O es que te has metido en algún lío y quieres disimular?

     —No seas desconfiada, es lo que me ha dicho después de interpretar un test que me ha pasado.

     —He estado haciendo tarta de manzana, espero que te guste —respondió incongruente mientras preparaba la cena.

     —¿Es que no te preocupa tener un marido neurótico?

    —Pues claro que me preocupa. Pon los cubiertos en la mesa. ¿Cómo no me va a preocupar tener un marido con…cómo has dicho? ¿complejo de castración? —respondió con poca convicción.

     —Pues por la escasa atención que me prestas no parece preocuparte demasiado.

     —Esta tarde he ido de compras con Isabel —reveló mientras cenábamos.

    —Ah, ¿sí? Y ¿qué tal está? —le pregunté un tanto molesto por su indiferencia.

     —Le he contado nuestro problema —dejó caer como quien deja caer una bomba.

     —¿Qué? ¿Cómo te has atrevido a explicar nuestras intimidades? —inquirí enojado.

     —No te enfades, tenía necesidad de desahogarme con alguien y es mi mejor amiga.

     —Eres una irresponsable —recriminé furioso—. ¿A caso crees que ella no se lo va a contar a Valentín? ¿Te das cuenta en qué lugar me dejas ante ellos? ¿Qué crees que pesarán de mí?

     —También tuvieron un problema similar y lo han solucionado por ellos mismos —respondió ignorando mi enfado.

    La miré sorprendido olvidé mi enojo y le inquirí;

     —Ah, ¿sí?  pues ya me dirás cómo.

     —Jugando.

     —Sí, eso, encima ríete de mí —respondí contrariado.

     —No amor, no me estoy riendo de ti, te lo demostraré esta noche y no me preguntes cómo. Tú déjame hacer a mí.

       Había tal convencimiento en sus palabras que no me atreví a objetar nada. Intrigado esperé paciente la hora de acostarnos.

      Una vez estuvimos en nuestro lecho ella empezó a explorar mi cuerpo y a jugar con el pidiéndome a la vez, que yo hiciera lo mismo con el suyo. Para mí era una situación nueva. Nunca nos habíamos entretenido en tales prácticas, sino que, hasta entonces, nuestra forma de proceder era pasar directamente a la penetración con el consiguiente fracaso. Pero en aquella ocasión las caricias y los besos que nunca nos habíamos prodigado, fueron excitándome de tal manera que tuve una erección como jamás había tenido. Sin embargo, cada vez que intentaba penetrarla, me apartaba cariñosa indicándome que todavía no era el momento y que debíamos de continuar con los juegos. A todo esto, mi erección continuaba fuerte y firme y mi excitación y el ansia de penetrarla se acrecentaba con una fuerza inusitada. Y así, una y otra vez hasta que por fin, a petición de ella, consumamos el acto sin que, para mi asombro, mi erección dejara de mantenerse firme y poderosa. A partir de entonces seguimos jugando casi todas las noches

Cinto.

 

9. nov., 2018

UNA CESTA NAVIDEÑA EN LA DESPENSA

        Esta historia que aquí cuento, tan verídica como la luz que nos alumbra de día, sucedió en el año 1957. Por aquel entonces era obligatorio, por ley, que los obreros y empleados trabajaran cuarenta y seis horas semanales. Por tal motivo, la jornada del sábado quedaba reducida a seis horas y terminaba a las dos de la tarde.

         Como solía hacer todos los fines de semana, el señor Torner, junto a su esposa e hijos, se marchó a primera hora de la mañana, a pasar un par de días a su casa de campo. Era el día 21 de diciembre y antes de partir, además de las recomendaciones hechas a mi padre, sobre que no olvidara de apagar las luces del taller cuando terminara la jornada y que lo dejara bien cerrado, le entregó el sobre con el jornal de la semana y el aguinaldo; quinientas pesetas en total. A parte, le dió un billete de cinco pesetas y le pidió que le comprara un número para el sorteo que, en combinación con la Organización Nacional de Ciegos que tendría lugar  aquella misma noche y que, con la finalidad de recaudar fondos, organizaba la Comisión de Fiestas del barrio, se rifaba una hermosa cesta navideña.

       Mi padre, cuya profesión era la de soldador y de la que estaba sumamente orgulloso, hacía más de diez años que trabajaba para el señor Torner y gozaba de su total confianza y, aunque el jornal no era gran cosa se sentía seguro con aquel empleo.

         En casa éramos seis, contando con mi abuelo, el cual no percibía ningún tipo de pensión, y las estrecheces eran muchas. Mi madre, a la que llamaban “la María la bordadora” ayudaba en la economía familiar bordando a máquina pequeños encargos que solían hacerle las buenas madres del barrio que confeccionaban el ajuar de sus hijas casaderas.

          Yo tenía doce años. Mi hermana había cumplido los catorce, edad ésta que, a la sazón, era la mínima exigida por las leyes vigentes, para poder trabajar, por lo que entró de dependienta en un gran colmado de ultramarinos próximo al mercado central. Mi hermano, por ser el mayor, gozaba del privilegio de estudiar en la Escuela Industrial.

         En lo que amí respecta, además de asistir a la escuela Pompeya, aun sabiendo que las leyes no lo permitían,  los viernes por la tarde y los sábados todo el día, mis padres me pusieron a despachar patatas en la misma tienda de ultramarinos en la que trabajaba mi hermana, trabajo por el cual el señor Moncunill, propietario de la tienda, me pagaba diez pesetas  semanales que iban íntegras al pecunio familiar.

         Como todos los  sábados, y este al que me refiero con mucho más motivo por lo del aguinaldo, mi madre solía esperar con ansia, a que mi padre le entregara el dinero de su jornal. Entonces pagaba a la señora Cándida la cuenta del  colmado, al señor Pedro la de la carbonería, a la señora Montserrat la de la lechería, además de alguna otra cuenta que tuviese pendiente en algún comercio del barrio. El dinero parcía volatizarse como por arte de magia y a partir del lunes; vuelta a empezar con nuevas cuentas.

         Al salir del trabajo, después de cumplir fielmente las recomendaciones del señor  Torner, mi padre se detuvo en la sede de la Comisión de Fiestas. para cumplir el encargo hecho por su patrón.  Obedeciendo a un impulso, sacó del sobre de la semanada un billete de cinco pesetas y, además del número para el señor Torner, compró otro para la familia. Tomó un lapiz y en el dorso de uno de ellos  anotó; “Sr. Torner”.

         A las nueve de la noche, con toda la familia expectante, mi padre conectó el receptor de radio; Son las nueve de la noche en el reloj de la Puerta del Sol. Diario hablado de Radio Nacional de España. Su Excelencia el jefe del estado, bla, bla, bla. Bla, bla bla”. Una vez acabado el diario hablado, con el corazón saltando  en el pecho, escuchamos la voz de la locutora Cupón pro ciegos premiado hoy; seisciento ochenta y dos; seis, ocho, dos. Mi padre había depositado los dos números encima de la mesa; seiscientos ochenta y dos, y seiscientos ochenta y tres. En medio de una gran algarabía, miró el dorso de ambos y en el número premiado figuraba el nombre que él había escrito con lapiz; “Sr. Torner”.

         Nos quedamos todos en completo silencio. Mi padre miró a mi madre y luego a mis hermanos y a mí, y finalmente a mi abuelo. La expresión de su rostro era de preocupación, tenía el entrecejo fruncido y los labios apretados, obviamente lo estaba pasando mal. Sin decir nada, salió y se fue a la sede de la Comisión de Fiestas a recoger la cesta. A su vuelta, todos sin excepción nos quedamos mirando el contenido; Un jamón, un salchichón, un chorizo, tres barras de turrón de diferentes sabores, una caja de barquillos, otra de bombones, una botella de cava, una de anís, otra de licor, una caja de polvorones… mi padre, sin despegar los labios, la guardó en la despensa.

         Al día siguiente domingo, el ambiente de casa parecía como el de un funeral. Nadie se atrevió a hablar ni a preguntar, pero seguro que tanto mis hermanos y yo, como mi abuelo y quién sabe si también mi madre, pensábamos lo mismo. Estoy por decir  que aquella navidad fue una de las más tristes que pasó la familia. El lunes, ante la desolación de todos, mi padre se fue al trabajo llevándose la cesta. El señor Torner, en agradecimiento quiso darle una propina que mi padre rechazó y en casa nunca más se habló del tema.

         Ahora, con la perspectiva que me otorga la edad, entiendo que, desde el primer momento, mi padre tuvo claro cuál debía de ser su proceder y que fue la desilusión que esto provocaría en la familia lo que desató su lucha interna, pero mis hermanos y yo aprendimos de él algo que no hemos olvidado y cuyo valor superó con creces el de aquella suntuosa cesta navideña.

FIN

Cinto

9. nov., 2018

EL ORGASMO

     Mi abuela tenía dieciocho, mi abuelo veintidós. Al contrario de como dice el típico tópico, no hacían buena pareja. Él; pelo castaño, alto, fuerte, apuesto y gallardo, con el labio superior engalanado de grandes y retorcidos bigotes. Ella; pelo frondoso negro azabache, menuda, enjuta, de expresión vivaz y ojos negros, y con una mirada que le sonreía. Los labios los tenía gruesos y la sonrisa, siempre eterna, le brillaba tanto como la luna llena.

     Así los vi en su fotografía de recién casados, en la que el tiempo se había puesto amarillo. Mi abuelo de pie, con el brazo apoyado sobre el respaldo de la silla en la que se sentaba mi abuela, con las manos cruzadas sobre el regazo.

     Tuvieron cinco hijos, entre ellos mi madre. Mi abuela siempre sabía lo que tenía que hacer, y mi abuelo jamás tuvo que pedirle que la ayudara en tal o cual tarea. Siempre, de regreso a casa, encontraba todo a punto y a su gusto, aun cuando hubiera estado toda la mañana junto a él vendimiando o vareando las aceitunas o recogiendo almendras e incluso atendiendo a sus cinco hijos; tres varones y dos hembras. A lo que refería ella, nunca él tuvo  que hacerle reproche alguno.

     No lloró cuando mi abuelo -de eso hacía ya diez  años-  se “ausentó”, decía ella, para ir a algún lugar donde volverían a encontrarse más tarde o más temprano.  Poco después de que mi abuelo se “ausentara”, la sonrisa de su mirada se trocó en honda y nostálgica. Pero no perdió el brillo de su sonrisa que permanecía intacta incluso ahora a sus, cerca de ochenta años.

     Siempre parecía dormitar en su mecedora. Permanecía horas, días, sin apenas moverse de ella.

     —Abuela ¿duermes? —le preguntaba a veces.

     —No mi niña —solía responder—, estaba recogiendo los sarmientos. Tu abuelo ha estado podando las vides.

     Hablaba poco y preguntaba menos, y estoy segura que  mi madre pensaba que había perdido el sensorio porque era incapaz de comprender la rica vida interior de la que disfrutaba. Era feliz viviendo, que no reviviendo, el día a día de las campesinas tareas que seguía compartiendo con mi abuelo.

     —«¿Duermes, mamá?»—. Era la pregunta retórica que siempre le hacía mi madre. No hija, que estas olivas se han de aliñar y ponerlas a la serena», o «no hija que estos tomates que ha traído tu padre se han de colgar para que no se estropeen.  Y seguía meciéndose lentamente con los ojos medio cerrados, sin dejar de sonreír.

     Pero ella sabía del lenguaje no hablado. Y entre mi abuela y yo había comunicación y complicidad sin necesidad de que mediasen palabras. Cierto día estando solas, me preguntó:

      —Niña ¿qué es un orgasmo?

     Mi perplejidad fue tal que me quedé muda.  Me volvió a preguntar;

     —Dime niña ¿qué es un orgasmo?

     —Abuela ¿cómo explicarías tú a un invidente qué es el color rojo?

FIN

Cinto