LA SALVACIÓN DE ROBERTO

9. nov., 2018

LA SALVACIÓN DE ROBERTO

     Finalmente pudo recordar cuándo y quién había pronunciado aquellas frases. Ahí estaba la pista que buscaba. Una de sus teorías de que los asesinos dejan siempre un rastro a través del cual pueden ser descubiertos, se confirmaba. Ya había descifrado quién era el autor del anónimo. ¿El móvil? Lo supuso.  Sin embargo, aquella pista no era una prueba concluyente ni mucho menos, y para poder acusar al causante de todo quedaban incógnitas pendientes de resolver

        —Y esto es todo por hoy niña. Tendrás que esperar a mañana para saber más.

        — ¡Qué emocionante y cuánto suspense! ¡Por favor Roberto mira de acabar cuanto antes la novela! No quisiera “partir” sin saber cómo va a terminar. Estoy segura que tú ya tienes preparado el final. Anda se bueno Robertito que estoy muy intrigada en saber cómo terminará la historia.

        — ¡No, no, nada de eso! No imaginas los esfuerzos que tengo que hacer para inspirarme. Ahora debo irme. Hasta mañana Patri que descanses. —se despidió besándola en la mejilla.

        —Hasta mañana Robertito. No me falles ¡Eh!

         Ya la plata comenzaba a otoñecer las sienes de Roberto, invadidas por la nostalgia de otros tiempos, no mejores ni peores, pero si diferentes. Eran tantas las cosas que habían cambiado. ¿Cuántos sueños y deseos se habían esfumado por el camino? Sentado ante su ordenador iba recordando los libros que había escrito y publicado en su, ya larga, trayectoria de escritor. ¿Cuántos eran? ¿Diez? ¿Quizás doce? No podía recordarlo con exactitud. Escribir era su terapia. Cuando lo hacía se sentía en paz consigo mismo y con el mundo, aunque éste, cruel e injusto, le había decepcionado de tal forma que ya casi no podía creer en él. Pero quedaba un resquicio a través del cual intentaba aferrarse para seguir creyendo en algo. Para que no le faltara aquello que falta cuando ya no hay nada en lo que creer. Era peligroso y lo sabía. Tiempo atrás había dejado de creer incluso en sí mismo y la angustia de aquellos meses fue tremenda. ¿Acaso fue su pasión por escribir lo que le salvó cuando sentía que lo tenía todo perdido? No estaba seguro porque incluso, la sola idea de enfrentarse al folio se le hacía tan cuesta arriba que se veía obligado a hacer un gran esfuerzo de voluntad para escribir siquiera unas líneas.

        Miró a través de la ventana. Allí enfrente tras las cortinillas, sin esperanza, estaba ella. Podía imaginar su frágil figura postrada en su cama esperando con cierta ansia, a mañana a que le leyera un nuevo folio de su novela. Según los médicos no pasaría del invierno. Pero su ánimo había cambiado desde que él le leía la novela en la que estaba trabajando. Un folio por día y pensaba alargarla indefinidamente, hasta el momento en que ella “partiera”. Era injusto que tuviese que morir con tan sólo diecinueve años y lo más sorprendente era que ella, aún sabiéndolo, lo tomaba como si fuese a emprender un largo viaje a algún lugar en el que iba a divertirse y en el que descubriría cosas interesantes y maravillosas. Aunque no era creyente, parecía no temerle a la muerte. ¡Vaya lección estaba recibiendo de esa chiquilla! No era pena lo que sentía hacia ella, era gratitud. La conoció justo cuando ya no le quedaba ese resquicio a través del cual poder salvarse. Cuando ya le faltaba aquello que “falta” cuando la existencia pierde la razón de ser. Pero no fue Patricia quien propició ese resquicio. Ella era el resquicio. Mientras ella viviera a él no le faltaría la “falta”. Estaba decidido a prolongar su novela indefinidamente hasta que… tuviese que prepara el final para cuando llegara el momento. Buscaría un final sorprendente y que estuviera a la altura de las circunstancias…Casi de forma automática comenzó a teclear en el ordenador con el deseo de sentirse inspirado. Un folio, sólo un folio para seguir manteniendo viva la expectación de Patricia.

        Pasó el invierno, ese periodo del cual, teóricamente Patricia no pasaría. Era primavera y Roberto seguía escribiendo su novela interminable. Inexplicablemente la enfermedad de Patricia parecía haber remitido en parte, pero su entusiasmo por seguir el hilo de la novela permanecía intacto, sino acrecentado. Los médicos asombrados empezaban a vislumbrar una posible y total recuperación, algo le estaba salvando la vida, si bien, Alberto sabía que la salvación había sido mutua.

FIN

Cinto

9. nov., 2018

UNA CESTA NAVIDEÑA EN LA DESPENSA

        Esta historia que aquí cuento, tan verídica como la luz que nos alumbra de día, sucedió en el año 1957. Por aquel entonces era obligatorio, por ley, que los obreros y empleados trabajaran cuarenta y seis horas semanales. Por tal motivo, la jornada del sábado quedaba reducida a seis horas y terminaba a las dos de la tarde.

         Como solía hacer todos los fines de semana, el señor Torner, junto a su esposa e hijos, se marchó a primera hora de la mañana, a pasar un par de días a su casa de campo. Era el día 21 de diciembre y antes de partir, además de las recomendaciones hechas a mi padre, sobre que no olvidara de apagar las luces del taller cuando terminara la jornada y que lo dejara bien cerrado, le entregó el sobre con el jornal de la semana y el aguinaldo; quinientas pesetas en total. A parte, le dió un billete de cinco pesetas y le pidió que le comprara un número para el sorteo que, en combinación con la Organización Nacional de Ciegos que tendría lugar  aquella misma noche y que, con la finalidad de recaudar fondos, organizaba la Comisión de Fiestas del barrio, se rifaba una hermosa cesta navideña.

       Mi padre, cuya profesión era la de soldador y de la que estaba sumamente orgulloso, hacía más de diez años que trabajaba para el señor Torner y gozaba de su total confianza y, aunque el jornal no era gran cosa se sentía seguro con aquel empleo.

         En casa éramos seis, contando con mi abuelo, el cual no percibía ningún tipo de pensión, y las estrecheces eran muchas. Mi madre, a la que llamaban “la María la bordadora” ayudaba en la economía familiar bordando a máquina pequeños encargos que solían hacerle las buenas madres del barrio que confeccionaban el ajuar de sus hijas casaderas.

          Yo tenía doce años. Mi hermana había cumplido los catorce, edad ésta que, a la sazón, era la mínima exigida por las leyes vigentes, para poder trabajar, por lo que entró de dependienta en un gran colmado de ultramarinos próximo al mercado central. Mi hermano, por ser el mayor, gozaba del privilegio de estudiar en la Escuela Industrial.

         En lo que amí respecta, además de asistir a la escuela Pompeya, aun sabiendo que las leyes no lo permitían,  los viernes por la tarde y los sábados todo el día, mis padres me pusieron a despachar patatas en la misma tienda de ultramarinos en la que trabajaba mi hermana, trabajo por el cual el señor Moncunill, propietario de la tienda, me pagaba diez pesetas  semanales que iban íntegras al pecunio familiar.

         Como todos los  sábados, y este al que me refiero con mucho más motivo por lo del aguinaldo, mi madre solía esperar con ansia, a que mi padre le entregara el dinero de su jornal. Entonces pagaba a la señora Cándida la cuenta del  colmado, al señor Pedro la de la carbonería, a la señora Montserrat la de la lechería, además de alguna otra cuenta que tuviese pendiente en algún comercio del barrio. El dinero parcía volatizarse como por arte de magia y a partir del lunes; vuelta a empezar con nuevas cuentas.

         Al salir del trabajo, después de cumplir fielmente las recomendaciones del señor  Torner, mi padre se detuvo en la sede de la Comisión de Fiestas. para cumplir el encargo hecho por su patrón.  Obedeciendo a un impulso, sacó del sobre de la semanada un billete de cinco pesetas y, además del número para el señor Torner, compró otro para la familia. Tomó un lapiz y en el dorso de uno de ellos  anotó; “Sr. Torner”.

         A las nueve de la noche, con toda la familia expectante, mi padre conectó el receptor de radio; Son las nueve de la noche en el reloj de la Puerta del Sol. Diario hablado de Radio Nacional de España. Su Excelencia el jefe del estado, bla, bla, bla. Bla, bla bla”. Una vez acabado el diario hablado, con el corazón saltando  en el pecho, escuchamos la voz de la locutora Cupón pro ciegos premiado hoy; seisciento ochenta y dos; seis, ocho, dos. Mi padre había depositado los dos números encima de la mesa; seiscientos ochenta y dos, y seiscientos ochenta y tres. En medio de una gran algarabía, miró el dorso de ambos y en el número premiado figuraba el nombre que él había escrito con lapiz; “Sr. Torner”.

         Nos quedamos todos en completo silencio. Mi padre miró a mi madre y luego a mis hermanos y a mí, y finalmente a mi abuelo. La expresión de su rostro era de preocupación, tenía el entrecejo fruncido y los labios apretados, obviamente lo estaba pasando mal. Sin decir nada, salió y se fue a la sede de la Comisión de Fiestas a recoger la cesta. A su vuelta, todos sin excepción nos quedamos mirando el contenido; Un jamón, un salchichón, un chorizo, tres barras de turrón de diferentes sabores, una caja de barquillos, otra de bombones, una botella de cava, una de anís, otra de licor, una caja de polvorones… mi padre, sin despegar los labios, la guardó en la despensa.

         Al día siguiente domingo, el ambiente de casa parecía como el de un funeral. Nadie se atrevió a hablar ni a preguntar, pero seguro que tanto mis hermanos y yo, como mi abuelo y quién sabe si también mi madre, pensábamos lo mismo. Estoy por decir  que aquella navidad fue una de las más tristes que pasó la familia. El lunes, ante la desolación de todos, mi padre se fue al trabajo llevándose la cesta. El señor Torner, en agradecimiento quiso darle una propina que mi padre rechazó y en casa nunca más se habló del tema.

         Ahora, con la perspectiva que me otorga la edad, entiendo que, desde el primer momento, mi padre tuvo claro cuál debía de ser su proceder y que fue la desilusión que esto provocaría en la familia lo que desató su lucha interna, pero mis hermanos y yo aprendimos de él algo que no hemos olvidado y cuyo valor superó con creces el de aquella suntuosa cesta navideña.

FIN

Cinto

9. nov., 2018

EL ORGASMO

     Mi abuela tenía dieciocho, mi abuelo veintidós. Al contrario de como dice el típico tópico, no hacían buena pareja. Él; pelo castaño, alto, fuerte, apuesto y gallardo, con el labio superior engalanado de grandes y retorcidos bigotes. Ella; pelo frondoso negro azabache, menuda, enjuta, de expresión vivaz y ojos negros, y con una mirada que le sonreía. Los labios los tenía gruesos y la sonrisa, siempre eterna, le brillaba tanto como la luna llena.

     Así los vi en su fotografía de recién casados, en la que el tiempo se había puesto amarillo. Mi abuelo de pie, con el brazo apoyado sobre el respaldo de la silla en la que se sentaba mi abuela, con las manos cruzadas sobre el regazo.

     Tuvieron cinco hijos, entre ellos mi madre. Mi abuela siempre sabía lo que tenía que hacer, y mi abuelo jamás tuvo que pedirle que la ayudara en tal o cual tarea. Siempre, de regreso a casa, encontraba todo a punto y a su gusto, aun cuando hubiera estado toda la mañana junto a él vendimiando o vareando las aceitunas o recogiendo almendras e incluso atendiendo a sus cinco hijos; tres varones y dos hembras. A lo que refería ella, nunca él tuvo  que hacerle reproche alguno.

     No lloró cuando mi abuelo -de eso hacía ya diez  años-  se “ausentó”, decía ella, para ir a algún lugar donde volverían a encontrarse más tarde o más temprano.  Poco después de que mi abuelo se “ausentara”, la sonrisa de su mirada se trocó en honda y nostálgica. Pero no perdió el brillo de su sonrisa que permanecía intacta incluso ahora a sus, cerca de ochenta años.

     Siempre parecía dormitar en su mecedora. Permanecía horas, días, sin apenas moverse de ella.

     —Abuela ¿duermes? —le preguntaba a veces.

     —No mi niña —solía responder—, estaba recogiendo los sarmientos. Tu abuelo ha estado podando las vides.

     Hablaba poco y preguntaba menos, y estoy segura que  mi madre pensaba que había perdido el sensorio porque era incapaz de comprender la rica vida interior de la que disfrutaba. Era feliz viviendo, que no reviviendo, el día a día de las campesinas tareas que seguía compartiendo con mi abuelo.

     —«¿Duermes, mamá?»—. Era la pregunta retórica que siempre le hacía mi madre. No hija, que estas olivas se han de aliñar y ponerlas a la serena», o «no hija que estos tomates que ha traído tu padre se han de colgar para que no se estropeen.  Y seguía meciéndose lentamente con los ojos medio cerrados, sin dejar de sonreír.

     Pero ella sabía del lenguaje no hablado. Y entre mi abuela y yo había comunicación y complicidad sin necesidad de que mediasen palabras. Cierto día estando solas, me preguntó:

      —Niña ¿qué es un orgasmo?

     Mi perplejidad fue tal que me quedé muda.  Me volvió a preguntar;

     —Dime niña ¿qué es un orgasmo?

     —Abuela ¿cómo explicarías tú a un invidente qué es el color rojo?

FIN

Cinto

11. dic., 2017

Hoy siento en el corazón

un vago temblor de estrellas,

pero mi senda se pierde

en el alma de la niebla.

(Federico García Lorca

Homenaje a Albert Balbis

 

Tengo el corazón herido por espadas

Tengo los ojos atravesados por dos lanzas

que han agujereado

la bolsita donde guardaba mis lágrimas

Y lloro y sangro

Y llevo el duelo

como una corona de espinas blancas

clavada en el puerto de las esperanzas

Tengo las manos trémulas como las hojas

Tengo los pensaminentos revueltos,

como la hojarasca

 

 

Tinc el cor tot punxat d'espases

tinc el ulls a travessats per dues llances

que han foradat

la bosseta on guardava les meves llàgrimes.

i ploro i sagno

i porto el dol

com una corona d'espinoses blanques

clavada al port de les esperances.

Tinc les mans tremoloses com les fulles.

Tinc els pensaments barreixats com la fullaraca.

Cinto