9. nov., 2018

SEGUNDO PREMIO EN EL "CONCURSO DE CUENTOS DE NAVIDAD" AYUNTAMIENTO DE ASTORGA

UNA CESTA NAVIDEÑA EN LA DESPENSA

        Esta historia que aquí cuento, tan verídica como la luz que nos alumbra de día, sucedió en el año 1957. Por aquel entonces era obligatorio, por ley, que los obreros y empleados trabajaran cuarenta y seis horas semanales. Por tal motivo, la jornada del sábado quedaba reducida a seis horas y terminaba a las dos de la tarde.

         Como solía hacer todos los fines de semana, el señor Torner, junto a su esposa e hijos, se marchó a primera hora de la mañana, a pasar un par de días a su casa de campo. Era el día 21 de diciembre y antes de partir, además de las recomendaciones hechas a mi padre, sobre que no olvidara de apagar las luces del taller cuando terminara la jornada y que lo dejara bien cerrado, le entregó el sobre con el jornal de la semana y el aguinaldo; quinientas pesetas en total. A parte, le dió un billete de cinco pesetas y le pidió que le comprara un número para el sorteo que, en combinación con la Organización Nacional de Ciegos que tendría lugar  aquella misma noche y que, con la finalidad de recaudar fondos, organizaba la Comisión de Fiestas del barrio, se rifaba una hermosa cesta navideña.

       Mi padre, cuya profesión era la de soldador y de la que estaba sumamente orgulloso, hacía más de diez años que trabajaba para el señor Torner y gozaba de su total confianza y, aunque el jornal no era gran cosa se sentía seguro con aquel empleo.

         En casa éramos seis, contando con mi abuelo, el cual no percibía ningún tipo de pensión, y las estrecheces eran muchas. Mi madre, a la que llamaban “la María la bordadora” ayudaba en la economía familiar bordando a máquina pequeños encargos que solían hacerle las buenas madres del barrio que confeccionaban el ajuar de sus hijas casaderas.

          Yo tenía doce años. Mi hermana había cumplido los catorce, edad ésta que, a la sazón, era la mínima exigida por las leyes vigentes, para poder trabajar, por lo que entró de dependienta en un gran colmado de ultramarinos próximo al mercado central. Mi hermano, por ser el mayor, gozaba del privilegio de estudiar en la Escuela Industrial.

         En lo que amí respecta, además de asistir a la escuela Pompeya, aun sabiendo que las leyes no lo permitían,  los viernes por la tarde y los sábados todo el día, mis padres me pusieron a despachar patatas en la misma tienda de ultramarinos en la que trabajaba mi hermana, trabajo por el cual el señor Moncunill, propietario de la tienda, me pagaba diez pesetas  semanales que iban íntegras al pecunio familiar.

         Como todos los  sábados, y este al que me refiero con mucho más motivo por lo del aguinaldo, mi madre solía esperar con ansia, a que mi padre le entregara el dinero de su jornal. Entonces pagaba a la señora Cándida la cuenta del  colmado, al señor Pedro la de la carbonería, a la señora Montserrat la de la lechería, además de alguna otra cuenta que tuviese pendiente en algún comercio del barrio. El dinero parcía volatizarse como por arte de magia y a partir del lunes; vuelta a empezar con nuevas cuentas.

         Al salir del trabajo, después de cumplir fielmente las recomendaciones del señor  Torner, mi padre se detuvo en la sede de la Comisión de Fiestas. para cumplir el encargo hecho por su patrón.  Obedeciendo a un impulso, sacó del sobre de la semanada un billete de cinco pesetas y, además del número para el señor Torner, compró otro para la familia. Tomó un lapiz y en el dorso de uno de ellos  anotó; “Sr. Torner”.

         A las nueve de la noche, con toda la familia expectante, mi padre conectó el receptor de radio; Son las nueve de la noche en el reloj de la Puerta del Sol. Diario hablado de Radio Nacional de España. Su Excelencia el jefe del estado, bla, bla, bla. Bla, bla bla”. Una vez acabado el diario hablado, con el corazón saltando  en el pecho, escuchamos la voz de la locutora Cupón pro ciegos premiado hoy; seisciento ochenta y dos; seis, ocho, dos. Mi padre había depositado los dos números encima de la mesa; seiscientos ochenta y dos, y seiscientos ochenta y tres. En medio de una gran algarabía, miró el dorso de ambos y en el número premiado figuraba el nombre que él había escrito con lapiz; “Sr. Torner”.

         Nos quedamos todos en completo silencio. Mi padre miró a mi madre y luego a mis hermanos y a mí, y finalmente a mi abuelo. La expresión de su rostro era de preocupación, tenía el entrecejo fruncido y los labios apretados, obviamente lo estaba pasando mal. Sin decir nada, salió y se fue a la sede de la Comisión de Fiestas a recoger la cesta. A su vuelta, todos sin excepción nos quedamos mirando el contenido; Un jamón, un salchichón, un chorizo, tres barras de turrón de diferentes sabores, una caja de barquillos, otra de bombones, una botella de cava, una de anís, otra de licor, una caja de polvorones… mi padre, sin despegar los labios, la guardó en la despensa.

         Al día siguiente domingo, el ambiente de casa parecía como el de un funeral. Nadie se atrevió a hablar ni a preguntar, pero seguro que tanto mis hermanos y yo, como mi abuelo y quién sabe si también mi madre, pensábamos lo mismo. Estoy por decir  que aquella navidad fue una de las más tristes que pasó la familia. El lunes, ante la desolación de todos, mi padre se fue al trabajo llevándose la cesta. El señor Torner, en agradecimiento quiso darle una propina que mi padre rechazó y en casa nunca más se habló del tema.

         Ahora, con la perspectiva que me otorga la edad, entiendo que, desde el primer momento, mi padre tuvo claro cuál debía de ser su proceder y que fue la desilusión que esto provocaría en la familia lo que desató su lucha interna, pero mis hermanos y yo aprendimos de él algo que no hemos olvidado y cuyo valor superó con creces el de aquella suntuosa cesta navideña.

FIN

Cinto