11. abr., 2019

Texto

EL COMPLEJO DE CASTRACIÓN

     Debo confesar que hasta hace tan solo unas pocas semanas el pudor me hubiera impedido explicar esto que hoy me atrevo, pero después de los acontecimientos vividos, tanto mi sentido de la vergüenza como mi recato, han desaparecido por completo.

      Mi mujer y yo llevamos varios meses casados y, si bien nuestra relación de pareja es buena, el problema, o mejor yo diría nuestro problema, residía en mi respuesta sexual. Aunque no soy impotente, mis erecciones solían ser débiles y poco consistentes e incluso en ocasiones, nulas, lo que dificultaba que nuestras relaciones amorosas no fuesen todo lo satisfactorias que hubiéramos deseado.

     Esa dificultad ya se manifestó en nuestras relaciones prematrimoniales, sin embargo. ambos confiábamos en que, una vez casados, disfrutando de la intimidad de nuestra alcoba, superaríamos ese contratiempo.  Pero desgraciadamente, no fue así. 

    Al principio intentamos no alarmarnos y razonábamos que quizás era consecuencia de los nervios pasados durante los preparativos de la boda o tal vez una falta de práctica, pero teníamos el convencimiento de que, con el paso de los días, lo superaríamos. Sin embargo, pasaban las semanas y mi déficit erectivo continuaba presente una y otra vez e incluso llegamos a pensar que no nos quedaba más remedio que acostumbrarnos a vivir con ese, llamémosle, inconveniente.

      Sin embargo, en mi fuero interno me revelaba a tener que asumir lo que para mí constituía una seria limitación y mi mente le daba vueltas y vueltas sin parar. Angustiado confié mi problema a un amigo, al que, dicho sea de paso, no le guardo rencor, aunque a veces pienso que quiso vengarse de mí por algo que ignoro, que me recomendó un psicoanalista el cual, según él, me solucionaría el problema.

     Admito que cuando acudí a la cita, todavía influenciado por el más puro de los arcaicos conceptos socioculturales sobre “el macho ibérico”, al pulsar el timbre mi mano temblaba como si tuviera párkinson. El hombre que me recibió, que era todo un espectáculo por su estrafalario atuendo, se ocultaba detrás de una barba tan amarillenta y lacia como su pelo, el cual comenzaba a escasear.  Vestía una camisa a rayas azul claro, cubierta por un pulóver a rombos amarillos y verdes. De los pantalones ¿qué decir? yo creo que pedían clemencia y con eso está dicho todo.  Con una amplia sonrisa me dijo que me estaba esperando, y me fue imposible no ver una hilera de dientes en denodada competencia con el amarillo de su pelo y barba.

     Pasamos a un despacho de luz mortecina y paredes pretendidamente blancas, de las que colgaban algunos diplomas. El mobiliario se componía de una estantería ocupada por algunos libros, los cuales supuse, disfrutaban ya de un placentero y eterno descanso; un escritorio de formica de los años sesenta, con algunos folios sobre el y  un cenicero con una pipa apagada, la culpable deduje, del desagradable «tufillo» que, doy por seguro, ofendería a cualquier nariz por muy acostumbrada que estuviera a soportar semejante miasma,  sendos sillones negros  tipo director colocados frente al escritorio, remataban el “elegante” conjunto.

        A su pregunta de “Dígame en qué puedo ayudarle”, lleno de vergüenza le expuse el motivo de mi visita. Me preguntó cómo habían sido mis primeras relaciones sexuales con la que hoy es mi esposa y, no sin cierto pudor, tuve que contárselo.

    Una vez puesto al corriente de lo que, supuestamente necesitaba saber, se quedó en silencio durante unos segundos que aprovechó para prender su pipa, inundó el espacio con varias bocanadas de humo y finamente anunció;

     —Señor Inocencio, vamos a realizar un test que nos ayudará a averiguar cuál es la causa que subyace en su deficiente erección.

      A continuación me presentó una serie de láminas con ciertos dibujos y manchas que debía de intrpretar. Una vez finalizada la prueba, con mucha solemnidad expuso;

     —Señor Inocencio, padece usted de una neurosis llamada “complejo de castración”.

       Ante mi perplejidad al no comprender exactamente qué era lo que significaba aquello, el hombre continuó diciendo;

    —En su fantasía inconsciente, su esposa ocupa la figura simbólica de su madre de la que usted teme ser castrado por desearla. Por hoy es suficiente, lo dejamos aquí, son cien euros, vuelva la semana que viene y empezaremos una terapia.

     Ni qué decir tiene que salí de la consulta tan angustiado o más que cuando llegué. Aparte de no entender nada, me sentí tan frustrado por la parquedad del psicoanalista que las dudas de si volvería o no, empezaron a asaltarme.

      Al llegar a casa mi esposa, con la fregona en la mano, me preguntó.

     —¿Qué tal con el psicólogo?

    —No es un psicólogo —me apresuré a aclararle—, es un psicoanalista.

     —Y ¿Cuál es la diferencia? —inquirió distraída—. Oye acabo de fregar ese rincón, mira de no pisar por ahí

     —No lo sé con exactitud —respondí humildemente.

    —Bueno, sea lo que sea ¿Qué te ha dicho?

     —Que soy un neurótico con “complejo de castración”.

    —¿Puedes explicarte mejor? —inquirió dejando la fregona y dirigiéndose a la cocina.

    —Es que es un poco difícil de explicar. Verás, es como que yo creo que me quieres castrar porque te deseo porque eres como si fueras mi madre…

     —¿No estarás buscando pelea? —preguntó recelosa— ¿O es que te has metido en algún lío y quieres disimular?

     —No seas desconfiada, es lo que me ha dicho después de interpretar un test que me ha pasado.

     —He estado haciendo tarta de manzana, espero que te guste —respondió incongruente mientras preparaba la cena.

     —¿Es que no te preocupa tener un marido neurótico?

    —Pues claro que me preocupa. Pon los cubiertos en la mesa. ¿Cómo no me va a preocupar tener un marido con…cómo has dicho? ¿complejo de castración? —respondió con poca convicción.

     —Pues por la escasa atención que me prestas no parece preocuparte demasiado.

     —Esta tarde he ido de compras con Isabel —reveló mientras cenábamos.

    —Ah, ¿sí? Y ¿qué tal está? —le pregunté un tanto molesto por su indiferencia.

     —Le he contado nuestro problema —dejó caer como quien deja caer una bomba.

     —¿Qué? ¿Cómo te has atrevido a explicar nuestras intimidades? —inquirí enojado.

     —No te enfades, tenía necesidad de desahogarme con alguien y es mi mejor amiga.

     —Eres una irresponsable —recriminé furioso—. ¿A caso crees que ella no se lo va a contar a Valentín? ¿Te das cuenta en qué lugar me dejas ante ellos? ¿Qué crees que pesarán de mí?

     —También tuvieron un problema similar y lo han solucionado por ellos mismos —respondió ignorando mi enfado.

    La miré sorprendido olvidé mi enojo y le inquirí;

     —Ah, ¿sí?  pues ya me dirás cómo.

     —Jugando.

     —Sí, eso, encima ríete de mí —respondí contrariado.

     —No amor, no me estoy riendo de ti, te lo demostraré esta noche y no me preguntes cómo. Tú déjame hacer a mí.

       Había tal convencimiento en sus palabras que no me atreví a objetar nada. Intrigado esperé paciente la hora de acostarnos.

      Una vez estuvimos en nuestro lecho ella empezó a explorar mi cuerpo y a jugar con el pidiéndome a la vez, que yo hiciera lo mismo con el suyo. Para mí era una situación nueva. Nunca nos habíamos entretenido en tales prácticas, sino que, hasta entonces, nuestra forma de proceder era pasar directamente a la penetración con el consiguiente fracaso. Pero en aquella ocasión las caricias y los besos que nunca nos habíamos prodigado, fueron excitándome de tal manera que tuve una erección como jamás había tenido. Sin embargo, cada vez que intentaba penetrarla, me apartaba cariñosa indicándome que todavía no era el momento y que debíamos de continuar con los juegos. A todo esto, mi erección continuaba fuerte y firme y mi excitación y el ansia de penetrarla se acrecentaba con una fuerza inusitada. Y así, una y otra vez hasta que por fin, a petición de ella, consumamos el acto sin que, para mi asombro, mi erección dejara de mantenerse firme y poderosa. A partir de entonces seguimos jugando casi todas las noches

Cinto.