16. may., 2019

DON SABIONDO

Este cuento navideño (considero que lo es)

está basado en hechos reales.   

     Me encontró en la sala de espera del aeropuerto mientras leía un libro para matar el tiempo. Se sentó a mi lado, interrumpió mi lectura con el típico saludo de cortesía y me preguntó:

     —Buenas tardes, por casualidad ¿viaja usted a Dubái?

     Le miré sorprendido y se presentó.

    —Soy el señor Enrique Marín, en la agencia me dijeron que un señor de mediana edad también había reservado un pasaje para hacer un crucero por el Océano Índico para estas mismas fechas y al verle en esta zona pensé que muy bien podía ser usted, señor…

     Sentí antipatía por el desde ese momento, no sintonizo con las personas que se presentan poniéndose el “señor” por delante, si bien, no quise parecer grosero y respondí sin demasiado entusiasmo.

     —Fernández, Aníbal Fernández y efectivamente, viajo a Dubái para embarcar en un crucero por el Océano Índico.

         —Feliz coincidencia señor Fernández, también yo voy a Dubái para embarcar en ese crucero y pasar en el las navidades. Si nuestros asientos no coinciden en el avión hablaré con la azafata por si lo pudiera arreglar, siempre es un placer tener alguien con quien conversar, el vuelo se hace más ameno y no hay nada mejor para matar el tedio que una buena conversación, ¿no le parece?

         —Sí, claro —respondí pensando que con ese “¿no le parce?”, me estaba manipulando para que le diera la razón.

        —Y ¿es la primera vez que va a usted a hacer un crucero? —me preguntó

     Ignoro cómo pudo adivinarlo, pero su pregunta me causó una cierta perplejidad porque, dando por sentado que era sí, continuó hablando de las bondades de los cruceros y del buen ambiente reinante entre los pasajeros, sobre todo en el día de Navidad, y de la gran fiesta que organiza la compañía con regalos para todos los pasajeros. Luego me habló del exquisito trato del personal de abordo y del capitán, de las interesantes amistades que suelen hacerse, de la excelencia de la comida del bufé, etc.

      Llegó la hora del embarque y comprobé, con cierto alivio, que nuestros asientos no coincidían y que, además, el avión estaba completo. Suspiré; de momento el azar me concedía una tregua que aprovecharía para seguir leyendo mi libro, sin embargo, pronto supe que no me sería nada fácil desembarazarme de el porque los recursos del señor Marín eran insospechados.

      Nada más despegar habló con una de las azafatas y consiguió sentarse a mi lado a cambió de ofrecer su asiento de ventanilla al pasajero contiguo al mío.

     Una vez estuvo aposentado, volvió a entablar la conversación, primero para elogiar la amabilidad del pasajero que había accedido al cambio, luego empezó a hacer gala de sus conocimientos sobre las ciudades que íbamos a visitar durante el crucero. Al parecer no era la primera vez que llevaba a cabo ese crucero por el Océano Índico.  Se sabía de memoria, los horarios de llegada a los distintos puertos, los monumentos que visitaríamos en las excursiones programadas, los mejores restaurantes donde se podría degustar los platos típicos de cada ciudad, etc. En fin, el señor Marín parecía saberlo todo y entender de todo, su locuacidad era tal, que empecé a lamentar, para mis adentros, la inoportunidad de que el “señor” Marín me hubiera encontrado.

      Finalmente, después de un refrigerio que nos ofrecieron para reponer fuerzas, con la excusa de haber madrugado, le expresé mi deseo de descansar un rato intentando dormir. Como no podía ser menos, se mostró comprensivo, me pidió disculpas por si con su charla me había molestado y le respondí que en absoluto, incliné mi asiento y cerré los ojos con la esperanza de quedarme dormido y no despertar hasta que el comandante anunciara la proximidad del aterrizaje.

      Una vez hubimos desembarcado el señor Marín tomó la iniciativa. Tomamos un taxi que nos llevó directos al muelle donde esperaba el barco, momento que aprovechó para informarme de los pormenores del embarque, entonces se le ocurrió preguntarme por el número de camarote asignado y todas las alarmas se encendieron en mi interior puesto que mi economía no me permitiía ocupar un camarote individual.  Comprobadas las reservas, ambos teníamos asignado el mismo camarote. Desolado, mi primer pensamiento fue renunciar a mi crucero soñado. Daría a Marín   alguna excusa plausible y tomaría un avión de vuelta a Barcelona. Pero consideré que sería algo totalmente irracional, así que deseché la idea y me resigné a soportar lo que me deparara el destino.

       Tres días después de comenzar el crucero Marín conocía a todo el mundo abordo. Organizaba bailes, dirigía excursiones en tierra, estaba en todas partes. Ciertamente era el hombre más odiado del barco, le llamábamos “don Sabiondo” aun en su propia cara y el lo tomaba como un cumplido.

     Marín hubiera llevado la voz cantante en la mesa, de no haber sido por Elmer Luque, tan dogmático como él y que no podía aguantar su engreimiento. Sus discusiones eran mordaces e interminables.

     Elmer pertenecía al cuerpo consular español, estaba destinado en Nueva York y disfrutaba de sus vacaciones navideñas junto con su esposa Maika, una joven muy bella, de modales agradables y gran sentido del humor. 

       Era el día de Navidad, en la mesa la conversación derivó casualmente, hacia las piedras preciosas. En los periódicos se había escrito mucho sobre los rubíes sintéticos que vendían en el Japón y alguien afirmó que estos, harían disminuir el valor de los auténticos. Marín, como de costumbre, nos contó todo lo que se podía saber sobre el tema. No creo que Elmer Luque supiera nada de rubíes, pero no pudo resistir la tentación de desafiar a Marín.

     —Estoy obligado a conocer el tema —dijo Marín—. Después de vacaciones debo ir al Japón precisamente a ese asunto. Es mi negocio y lo que yo no sepa de gemología no vale la pena saberse. Nunca podrán conseguir un rubí sintético que un experto cómo yo no pueda descubrir a ojos cerrados —señaló el anillo que lucía Maika—. Puedes estar segura de que tu sortija no valdrá nunca ni un euro menos que ahora.

      Maika se sonrojó un poco y deslizó su mano por debajo de la mesa. Elmer se inclinó hacia adelante, nos observó y una sonrisa aleteó en sus ojos.

      —Yo no compré personalmente la sortija que lleva Maika, pero me interesa saber cuánto crees que costó —dijo dirigiéndose a Marín.

     —Pues, en cualquier joyería podría costar cerca de quinientos euros —dijo Marín.

     –—Te sorprenderá saber que Maika lo compró en “El Corte Inglés” por veinticinco euros.

     —¡Qué tontería! Ese rubí no solamente es auténtico, sino también uno de los más puros que he visto de ese tamaño.

     —Te apuesto cien euros a que es una imitación

     —Acepto —respondió Marín sin inmutarse.

—Elmer, no puedes apostar sobre lo que sabes que es cierto —dijo Maika en tono de suave disculpa.

     Sólo es una apuesta sin importancia Maika —replicó Elmer.

    —Déjame examinar la sortija y si es una imitación, te lo diré inmediatamente. Puedo permitirme el lujo de perder cien euros —dijo Marín.

     —Quítatela Maika, deja que Marín la mire tanto como quiera.

    Maika titubeó un momento. Luego se llevó la mano derecha a la sortija y forcejó en un intento de quitársela.

     —No puedo sacarla —advirtió—, Marín tendrá que aceptar mi palabra.

     Tuve la súbita sospecha de que estaba a punto de ocurrir algo desagradable, pero no supe qué decir. Elmer se levantó de un salto diciendo:

     —Yo la sacaré.

     Tomó unas gotas de parafina de unas de las velas que adornaban la mesa y las extendió sobre el dedo de Maika, sacó la sortija y se la dio a Marín. Este sacó una pequeña lente del bolsillo y la examinó cuidadosamente. Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro. Devolvió la sortija a Maika y abrió la boca como para decir algo. Súbitamente captó la expresión de Maika. Ella le miraba con los ojos completamente abiertos y aterrorizados. Había en ellos una súplica desesperada. Todo resultaba tan claro que me asombró que Elmer no se percatara.

     Marín se quedó con la palabra en los labios y enrojeció. Casi se podía ver el esfuerzo que estaba haciendo.

     —Estaba equivocado —balbució—. Es una buena imitación, pero tan pronto como miré ese rubí con la lente vi que no es auténtico.

      Sacó un billete de cien euros y se lo entregó a Elmer.

     —Tal vez esto te enseñará a no estar tan insufriblemente seguro, amigo Marín —dijo mordaz Elmer cogiendo el billete.

      La historia corrió por todo el barco como siempre ocurre con estas cosas y Marín tuvo que aguantar muchas bromas aquella Navidad. Era divertido que “don Sabiondo” hubiera sido “pescado” de aquella manera.

  A la mañana siguiente Marín permanecía acostado en actitud pensativa. Súbitamente sonó algo así como un roce y vi deslizarse un sobre por debajo de la puerta. Iba dirigido a Marín.

      Del sobre sacó un billete de cien euros acompañado de una nota que leyó para sí. Me miró y enrojeció.

      —A nadie le gusta que le hagan pasar por tonto —dijo.

      —¿Era auténtico el rubí? —pregunté.

      —Si tuviera una esposa joven y guapa no la dejaría pasar un año sola en Madrid mientras yo estuviera en Nueva York —contestó tendiéndome la nota.

      Gracias por su tacto señor Marín, su discreción ha sido el mejor regalo de Navidad que me hayan hecho nunca.

     Reciba mi gratitud y mi afecto;

    Maika.

     En ese momento el “señor” Marín dejó de desagradarme y mi gran regalo navideño fue aprender a no valorar a las personas por su forma, sino por su fondo.

Cinto