30. sep., 2019

CANIDIA

CANIDIA

         Mi nombre es Canidia y si bien, hace ya bastante tiempo que dejé de creer en las casualidades, este nombre es el mismo que el de la bruja que aparece en una de las sátiras del poeta romano Horacio. Soy aficionada a la magia y, aunque no me considero bruja, estoy convencida de que a través de ella, puedo ejercer algún influjo sobre los demás.

        Sé perfectamente que las verdades de la ciencia se basan en percepciones sensoriales. Sin embargo, en ocasiones, estas verdades pueden ser engañosas o modificadas por nuevos descubrimientos. La magia en cambio, actúa bajo una capa impenetrable de misteriosos símbolos ocultos y ceremonias secretas que sólo los iniciados conocemos y poseemos.

        La magia que practico está vinculada a la Madre Tierra y asociada a la Diosa Afrodita, a la luna y a otros espíritus de la naturaleza. Es inofensiva y nunca se me ocurriría ejercerla para hacer daño. Mis rituales los utilizo para alejar malos espíritus o para deshacer algún maleficio o mal de ojo, también para alguna persona que crea estar poseída por el demonio o para alguien que desee recuperar a la persona amada. En mis invocaciones, además de mis amuletos y talismanes, nunca faltan las manzanas. Sabido es, por todos los que practicamos el esoterismo y la magia blanca, que la manzana es un atributo de Venus y el símbolo femenino por excelencia, pues partida en dos partes verticalmente iguales, se advierte una cierta semejanza con el sistema genital femenino, y cortada   de modo horizontal, aparece una estrella perfecta de cinco puntas, o sea, el pentáculo clave de la Ciencia Superior que abre el secreto del conocimiento del bien y del mal

          Mis trabajos de magia consisten en Ceremoniales Mágicos producto de mi imaginación ,que sigo escrupulosamente cada vez que los practico, porque estoy convencida de que la realización mágica es un premio a la fuerza y a la constancia. En ellos, trato de imprimir sobre un talismán, los efectos del Sacramentus Voluntatis, pues creo que los sacramentos producen la gracia por ellos mismos, no por quien los administra, siempre que quien los reciba no ponga ningún obstáculo en recibirlos.

         Horacio, mi marido –otra de las “casualidades de la vida” dirían los escépticos- nunca creyó en esta pequeña capacidad mía, pero me era indiferente que creyera o no. Yo sé que la tengo y sus comentarios jocosos y, a veces satíricos, nunca me molestaron.

         Una de las manías de Horacio, como si de un maleficio se tratara, es la de estrenar calcetines cada día; nunca vuelve a ponerse un par de ellos ni que estén lavados con Ariel. Una vez utilizados la desecha tirándolos a la basura, y todos los sábados por la tarde se va a “El Corte Inglés” a comprarse calcetines nuevos. Siete pares cada vez.

         No tengo por costumbre jurar, porque sólo quien acostumbra a mentir tiene necesidad de hacerlo para que le crean, pero hoy juro por Heka, el Dios egipcio de la magia, que estas acciones que aquí comento, no estuvieron motivadas por ninguna sospecha ni desconfianza hacia Horacio. Siempre me he regido por el principio de que “nadie pertenece a nadie” y no concibo una relación de pareja en la que no exista libertad por ambas partes. Como dice Fritz Perls, Nadie en este mundo está para llenar las expectativas de otra persona.  Así que nunca me preocupé de comprobar si Horacio me mentía o me engañaba con otra mujer, y ni siquiera llegué a preocuparme por sus tardanzas cuando se iba a comprar al “Corte Inglés” los susodichos calcetines. Si alguna vez descubría algún engaño o infidelidad, ya vería cómo reaccionaría.

         Ocurrió hace dos días exactamente. Cansada  del despilfarro que suponía tirar a la basura siete pares de calcetines cada semana, decidí utilizar mis poderes mágicos para poner remedio a tal derroche. Fue cerca de la media noche. Mientras Horacio se quedaba en el salón viendo una de esas insoportables películas de policías y ladrones, sabiendo que, por ignorar lo que iba a hacer no opondría ningún obstáculo, me encerré en mi pequeño santuario llevando los últimos pares comprados.  Segura de que surtiría el efecto deseado, después de cortar mi manzana en dos mitades iguales en sentido vertical, los sometí a uno de mis rituales con la esperanza de que, en esta ocasión, se “encariñara” con ellos y no los desechara.

          Cuando ayer lunes se puso el primer par, observé que el del pie izquierdo tenía, a la altura de la caña, un pequeño agujero apenas perceptible, tal vez producido por ese plástico que los fabricantes suelen poner para sujetar la etiqueta. De regreso a casa, me dio el acostumbrado beso en la mejilla y se dirigió a la habitación para cambiarse de ropa y ponerse cómodo. No sabría decir qué me impulsó a seguirle,  pero lo hice. Mientras se cambiaba vi que el calcetín agujereado estaba ahora en el pie derecho. Algo intrigada le pregunté si había tenido algún percance y, con un ligero nerviosismo, me respondió que no.

         No dije nada, pero mi ritual, aunque no en el sentido que yo esperaba, había surtido efecto. Esta mañana se ha marchado al trabajo con su par de calcetines nuevos.  Cuando regrese encontrará una nota mía en la que leerá;

          Te dejo; tú ya sabes por qué

         Canidia.

FIN